domingo, 3 de febrero de 2008

RUTA: PUEBLO DE SANTAOLAIA

RUTA: PUEBLO DE SANTAOLAIA



Hasta A Pedralta, el itinerario se describe en la ruta de A Pedralta que puede verse en otra entrada del blog.





Desde A Pedralta, 1100 m. de altura, la carretera desciende por empinada y sinuosa pendiente, serpenteando, entre el tupido y frondoso monte bajo de urces, brezos y carqueixas, hasta el pueblo, dejando a su izquierda “ A Fraga das Sombras” qu,e durante muchos años, fue el reloj natural, según el avance de las sombras en la ladera, de los habitantes del lugar.


En el pueblo de Santaolaia, hoy casi abandonado, pues sólo conviven dos vecinos: uno natural del lugar, otro, holandés, que llegó, en los últimos años, a estas tierras, al parecer, con bonitos proyectos turísticos, todavía no realizados.


Las casas del pueblo, construidas con descarnados muros y tejados de rústica pizarra, hoy, en muchas casas, derribados; puertas y ventanas descompuestas que gimen al paso del viento con un agudo silbido, con un sonido desgarrado, están abandonadas. Sus moradores, poco a poco, se marcharon a Petín, A Rúa y hasta Buenos Aires. Desde A Pedralta, los que se iban allende los mares, con lágrimas en los ojos, un nudo en la garganta, faltos de respiración, se despidieron un día con un adiós para siempre, con un adiós definitivo, con un adiós hasta la eternidad.

Las calles, antes llenas de gentes que iban y venían atareadas; de ganados tocando sus cencerros, balando y mugiendo, camino de sus cuadras o tirando de los carros; de aguas que bajaban raudas por A Carreira a dar vida a las huertas y los prados, hoy están desiertas, solitarias, deshabitadas. Este escenario, sorprendente, produce tristeza y pena; pero todavía, no se sabe por cuanto tiempo más, queda un rescoldo de esperanza, depositado en los vecinos que allí, pese a todo, continúan con la ilusión de que no desaparezca el pueblo de Santaolaia.

El altivo campanario de la Iglesia del pueblo, sigue en pie. La Iglesia con su barroco retablo, su patrona Santaolaia y demás santos, bastante bien conservados, gracias a los cuidados y desvelos de Clarisa, maestra jubilada, que vive con la familia de su hermano Manolo, allí en el pueblo casi abandonado, está bastante bien cuidada.


Cuatro hijos de este pueblo, hoy muertos o jubilados, ejercieron el Magisterio Primario.

Las tierras de Santaolaia, antes bien cultivadas, produciendo abundantes cosechas de centeno; las huertas y los prados que alimentaban a las gentes del pueblo y los abundantes ganados, ahora, están casi todas abandonadas y son recorridas por ligeros cazadores en busca de jabalíes, corzos, conejos, liebres y perdices que habitan libremente en los montes, huertas y prados.

Lugar digno de visitar en el pueblo, es el “ Regueiro de Arriba”. Idílico paraje con cascadas de agua y molinos, antaño con vida y hoy parados. Este arroyo es tributario del Carballais que alimenta el embalse de Santaolaia en el río Jares y surte de agua potable a los pueblos de O Seixo, Carballal, Santa María de Mones, Petín y A Rúa. Por este arroyo, fluyen raudas y abundantes aguas, puras, cristalinas, frescas, bravas y salvajes que se retuercen espumosas entre las rocas y brincan por el arroyo formando bellísimas cascadas y bajan rugientes, cantarinas y sonoras, regando los verdes prados, los chopos, alisos, “ salgueiras” y avellanos. Beber estas aguas, merendar y descansar en sus frescas orillas y escuchar su murmullo es uno de los placeres que hacen la vida más agradable.




1 comentario:

Francisco dijo...

Seguir la narración que Antonio nos hace -de forma tan brillante, tan intensiva, tan excitante- de la ruta a Santoaia, es como volver a vivir momentos, situaciones y acontecimientos que uno creía tener almacenados con mucho polvo en el trastero de los recuerdos. Y resurgen con una nitidez y luminosidad como si estuviesen sucediendo en el acto, en este instante. Y todo por obra y gracia de la excelsa y vibrante exposición a que nos tiene acostumbrados su autor, que parece ser el dueño y señor de hacer fluir las palabras, de acariciarlas, de seducirlas, de hacerlas sonar como una obertura de Bach.

Yo te animo Antonio a que sigas abriendo caminos que se hallaban cegados, a que alimentes la curiosidad y el interés de todas aquellas personas que nunca han oído hablar de esos rincones escondidos y alejados del mundo del ruido, de las prisas, del agobio; rincones de tanta belleza que a veces son contemplados por los ángeles del cielo cuando salen de paseo.

Te doy las gracias por hacerme sentir tantísimas sensaciones, por introducirme en las esencias de un pasado que creía lejano, y que tú haces que reluzca en mis retinas en todo su esplendor.